(Ilustración de Lina Dudaite)

lunes, 14 de marzo de 2011


 “Carta a un rehén” 
Antoine Saint-Exupéry
Seguro que por esta razón, amigo mío, necesito tanto tu amistad. 
 Tengo sed de un compañero que, por encima de los litigios de la razón, 
respete en mí al peregrino de aquella hoguera. 
Algunas veces necesito saborear de antemano el calor prometido y 
descansar, un poco más allá de mí mismo,  pensando en esta cita, 
que algún día será la nuestra.
  

¡Estoy tan cansado de las polémicas, de los exclusivismos, de los fanatismos! 

Yo puedo entrar en tu casa sin tener que vestir un uniforme, sin verme
 obligado a recitar un Corán, sin tener que renunciar a nada de mi patria 
interior. 
A tu vera no tengo que disculparme, no tengo que defender, no tengo que 
probar; encuentro la paz, como en Tournus. 
 Por encima de mis torpes palabras, por encima de los razonamientos que 
pueden confundirme, tú, en mí, sólo tienes en cuenta al Hombre.
 
 En mí reconoces al embajador de creencias, de costumbres, de amores 
personales. 
Si difiero de ti, lejos de perjudicarte te enriquezco. 
 Me haces preguntas como se pregunta al viajero.
  

Yo, como todos, necesito ser reconocido, contigo me siento limpio 
y por eso me dirijo a ti. 
Necesito ir a donde me sienta limpio. 
No han sido mis fórmulas ni mis andanzas las que te han permitido saber 
quién soy: 
 ha sido el aceptar quién soy lo que, en todo caso, te ha hecho ser 
indulgente tanto con estas andanzas como con aquellas fórmulas.
  
 Te estoy agradecido por haberme admitido como soy. 
¿Para qué necesito un amigo que me juzgue? 
Si acepto a un amigo que cojea en mi mesa, le ruego que se siente,
 no le pido que baile. 


Amigo mío ¡te necesito como a la cima en la que se puede respirar!


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