(Ilustración de Lina Dudaite)

miércoles, 6 de abril de 2011

El enemigo interno



Nasrudin vio a un hombre sentado a la orilla de un camino, con aire de absoluta desolación.

-¿Qué es lo que le preocupa? – quiso saber.

- Amigo mío, no encuentro nada interesante en esta vida. Tengo suficiente dinero como para no tener que trabajar, y estaba viajando para ver si encontraba alguna cosa curiosa en este mundo. Sin embargo, todas las personas que me he ido encontrando no me han enseñado nada nuevo, logrando que mi apatía se hiciera incluso más aguda.

»En fin: puedo decir sin ningún miedo que, a pesar de todo lo que he hecho, no he conseguido encontrar la paz que buscaba.

En ese mismo instante, Nasrudin agarró la maleta del hombre y salió corriendo por el camino. Como conocía la región, rápidamente consiguió distanciarse cortando por algunos atajos a través de los campos y las colinas.

Cuando se alejó lo suficiente, dejó otra vez la maleta en mitad del camino por donde el viajero acabaría pasando, y se escondió detrás de una roca. Media hora después apareció el hombre, que se sentía más miserable que nunca por haberse cruzado con aquel ladrón.

Nada más divisar la maleta, corrió hasta ella y la abrió, sin aliento. Al comprobar que su contenido estaba intacto, miró al cielo lleno de alegría, y le dio gracias al Señor por estar vivo.

“Algunas personas sólo entienden el sabor de la felicidad cuando consiguen perderla”, pensó Nasrudin, espiando la escena.

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